Espacio de sueños y resistencia, de palabras y acciones que buscan construir una sociedad mejor.
miércoles, 20 de junio de 2012
Taller y conferencia, Arauca, junio 1 y 2 de 2012
Conferencia "El oficio del escritor", Arauca, junio 01 de 2012
Conferencia "El oficio del escritor", Arauca, junio 01 de 2012
Taller "Las decisiones narrativas", Arauca, junio 02 de 2012
Taller "Las decisiones narrativas", Arauca, junio 02 de 2012
Taller "Las decisiones narrativas", Arauca, junio 02 de 2012
Con los amigos del Taller "Arauca lee, escribe y cuenta", Arauca, junio 01 de 2012
miércoles, 6 de junio de 2012
miércoles, 15 de febrero de 2012
Única Mención de Honor en los Premios de Periodismo Reynaldo Matiz, 2012
En ceremonia realizada el día 9 de febrero de 2012, mi columna titulada "Lo que dije en una encuesta de Napoleón Franco", fue distinguida con la "Única Mención de Honor" en la categoría Mejor Columna de Opinión. Premiaron, dice el jurado, el humor negro y la buena escritura. La columna se publicó originalmente en este blog y luego en la página www.tusemanario.com. Debo decir que me divertí mucho escribiéndola, que aunque sabía que ese humor negro no era otra cosa que la frustración reiterada de ver a este Huila siempre con los sueños derrumbados, pensar de forma hilarante en los políticos infames que da la tierrita, saber que desde la pluma se puede vengar en algo su desfachatez, me hizo muy feliz.
sábado, 17 de diciembre de 2011
El tiovivo, de Betuel Bonilla Rojas
El tiovivo
Tirando del pantalón de su padre el niño rogaba para que lo llevaran hacia donde estaba el tiovivo. Había llegado la hora de los gritos y los golpes de todas las tardes, y los padres sentían algo de culpa por el gesto que se había dibujado en la cara de su hijo. Conocían ese parque y esa diversión como la palma de su mano, pues siempre se repetía el ritual de gritos, golpes, culpas y parque. Pero ese día el niño había sido muy, muy insistente. Entonces el padre lo echó sobre su espalda antes de la hora, lo dejó sobre el caballito y volvió ante su esposa para acabar de reprenderla. El niño, a horcajadas, picaba los ijares del caballito con mucha fuerza. “Arre, arre, caballo”, le decía con la boca en línea recta, “Arre, caballo, anda lo más rápido que puedas”, y al decirlo volvía los ojos hacia donde sus padres discutían. Entonces, ante la mirada asombrada de la concurrencia, menos la de los padres del niño, que seguían diciéndose cosas muy fuertes, en voz alta, el caballo tomó velocidad, más velocidad, lanzó un bufido y todos los que estaban alrededor del tiovivo vieron cómo se soltaba de la varilla, cómo corcoveaba, cómo relinchaba y saltaba la baranda de contención, luego la reja del parque de diversiones, a un solo ritmo con el corazón del niño, y se iba, se iba, a toda la velocidad que el niño le imprimía, y éste, de vez en cuando, volteaba la cara y veía a sus padres manotear, a lo lejos, cada vez más lejos, de espaldas a un tiovivo en el que ya no quedaba nadie.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Lo que dije en una encuesta de Napoleón Franco
Betuel, ¿usted por quién votaría?
Llamaron y se identificaron como de la firma encuestadora Napoleón Franco. Vaya uno a saber. Pudieran haber sido de una de las insulsas y despilfarradoras campañas, o del planeta Marte para saber qué opina un simple terrícola de lo mal que andan Neiva y el Huila, pues es bien sabido que en varios de nuestros opacos municipios han aterrizado ovnis. Primero me preguntaron que si pertenecía a algún partido. Creo que les dije que al partido entre Brasil e Italia en el mundial del 82, aquél que terminó 3-2. Luego, que si consideraba la gestión del alcalde Héctor Aníbal Ramírez como favorable o desfavorable. Dije que si había algo por debajo de desfavorable: pésimo, abominable, vomitable, execrable, pero esas opciones no existen en las rígidas y educadas encuestas. Luego, que dijera lo mismo sobre el Gobernador. Me gustó haberme enterado de que tuvimos gobernador en este periodo. La niña tuvo la amabilidad de darme el nombre. Me indagaron sobre por quién votaría a la Alcaldía. Dije que la cosa estaba tan pareja por lo mala que lo tiraría a la moneda. Igual, qué más da. Agregaron que por quién no votaría en ninguno de los casos. Dije que jamás, pero jamás, votaría por Pedro Hernán Suárez. Que eso sería como botar con b larga. Aunque no me pidieron explicaciones (ni más faltaba que fueran a alargar la cuenta del teléfono), agregué que jamás votaría por una campaña en la que hasta los mismos sufragantes están seguros de que su candidato es un pelafustán que va a gobernar de prestado. Pidieron, por último, que dijera quién ganaría para la alcaldía en estas elecciones de pacotilla. Dije que ninguno, que "al pueblo nunca le toca", como dice Álvaro Salom, que decir 'ganar' es casi una anomalía para este panorama tan desolador. Antes de colgar le dije que sí, que tenía la respuesta, que esperara. Le dije que ganarían los contratistas que han metido el billete en la campaña del que va a ganar, que eso siempre pasa. La muchacha era de Bogotá. Tenía el acento de las muchachas con poca cola por el maldito frío. Al final se rio. No creo que por mis extrañas respuestas. Creo, más bien, que fue porque se burlaba de nuestra malísima suerte.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Matar a un niño, de Stig Dagerman
Gracias a la sapiencia y la sensibilidad literaria del escritor argentino Pablo Ramos conocimos a Stig Dagerman, esa especie de niño prodigio de la literatura sueca al que le bastaron 31 años (1923-1954) para inmortaloizarse.
Stig Dagerman
Matar a un niño
Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.
Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.
Stig Dagerman y su esposa
¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?
Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.
Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató…
Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para "hacer este solo minuto diferente".
Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.
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