jueves, 21 de junio de 2012

Leonora Carrington (1917-2011)

Incluido dentro de lo que Julio Cortázar llamó sus Cuentos inolvidables, "Conejos blancos" es una de esas piezas cortas que fascina por lo aterradoras, que nos envuelve en esa atmósfera delirante de olores nauseabundos y seres que se descomponen. Como en sus pinturas, algo no está en su lugar, algo no queda expuesto del todo. Una de las grandes maestras del cuento, sin duda alguna. 

Leonora Carrington nace el 6 de abril de 1917 en Chorley, Lancashire, Inglaterra. En 1936 ingresa en la academia Ozenfant de arte deLondres. Al año siguiente conoce a quien la introdujo indirectamente en el movimiento surrealista: el pintor alemán Max Ernst, a quien vuelve a encontrar en un viaje a París y con quien no tarda en establecer una relación sentimental. Durante su estancia en esa ciudad entra en contacto con el movimiento surrealista y convive con personajes notables del movimiento como Joan Miró y André Breton, así como con otros pintores que se reunían alrededor de la mesa del Café Les Deux Magots, como por ejemplo Pablo Picasso y Salvador Dalí. En 1938 escribe una obra de cuentos titulada La casa del miedo y participa junto con Max Ernst en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam. Previamente a la ocupación nazi de Francia, varios de los pintores del movimiento surrealista, incluida Leonora Carrington, se vuelven colaboradores activos del Kunstler Bund, movimiento subterráneo de intelectuales antifascistas. Leonora Carrington tenía solo 20 años cuando conoció a Max Ernst en Londres. Entonces el pintor ya contaba con 47 años y con bastante fama como surrealista. La gran diferencia de edad, el hecho de que Ernst además estaba casado, así como sus posiciones surrealistas radicales hacían que esta relación no contara con la anuencia del padre de Leonora. A pesar de ello, la pareja se reencontró en París y pronto se fueron a vivir a la provincia, al poblado de Saint-Martin-d'Ardèche, en una casa de campo que adquirieron en 1938. Hasta hoy se conserva en la fachada de esta casa un relieve que representa a la pareja y su juego de roles: «Loplop», el alter ego de Max Ernst, un animal alado fabuloso entre pájaro y estrella de mar y su «Desposada del Viento»: Leonora Carrington. La vida tranquila y feliz de la pareja en este sitio duró solo un año. En septiembre de 1939 Max Ernst fue declarado enemigo del régimen de Vichy. Tras su detención y prisión en el campo de Les Milles, Leonora sufre una desestabilización psíquica. Ante la inexorable invasión nazi, se ve además obligada a huir a España. Por gestión de su padre es internada en un hospital psiquiátrico deSantander. De este período la pintora guardará una marca indeleble, que afectará de manera decisiva su obra posterior. Leonora describe, en su obra autobiográfica (En bas) los pormenores de esta dramática historia. En 1941 escapa del hospital y arriba a la ciudad de Lisboa, donde encuentra refugio en la embajada de México. Allí conoce al escritor Renato Leduc, quien terminará ayudándola a emigrar. Ese mismo año contraen matrimonio y Leonora viaja a Nueva York. En 1942 emigra a México y en 1943 se divorcia de Renato Leduc. En México, la pintora restablece sus lazos con varios de sus colegas y amigos surrealistas en el exilio, quienes también se encuentran en ese país, tales como André Breton, Benjamin Péret, Alice Rahon, Wolfgang Paalen y la pintora Remedios Varo, con quien mantendrá una amistad particularmente duradera. Fue ganadora del Premio Nacional de Bellas Artes, otorgado por el gobierno de México en el 2005.Falleció a los 94 años en la Ciudad de México el 25 de mayo del 2011. 


El cuento "Conejos blancos" ha sido tomado del libro El séptimo caballo y otros cuentos, en la traducción de Francisco Torres Oliver para Siglo XXI Editores.

Conejos blancos, de Leonora Carrington


Conejos Blancos

Leonora Carrington

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de Pest Street. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.
Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada con sudor.
La luz nunca era muy fuerte en Pest Street. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.
Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento; pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de Pest Street. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.
Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego metió la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.
La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.
—¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? —me gritó.
—¿Un poco de qué? —grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.
—De carne en mal estado. Carne en descomposición.
—En este momento, no —contesté, preguntándome si no estaría bromeando.
—¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.
A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.
Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.
Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.
Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.
Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de ésas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.
La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.
—¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? —murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.
—Es usted muy amable —prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente—. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.
Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.
El último tramo de escalones daba a un “boudoir” decorado con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.
—Tenemos visita muy pocas veces —sonrió la mujer—. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.
Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautelosamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.
—¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! —canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.
Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.
—Una acaba encariñándose con ellos —prosiguió la mujer—. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.
Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.
—Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.
Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención; entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.
La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes.
—Ése es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…
Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.
—¿Ethel? —preguntó con voz bastante débil—. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.
—Vamos, Laz; no empecemos —su voz era quejumbrosa—. No me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.
La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.
—Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? —de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.
—Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.
El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.
La mujer acercó tanto su cara a la mía que creí que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
—¿No quiere quedarse, y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan sólo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

miércoles, 20 de junio de 2012

Capacitación a Talleristas y Promotores de Clubes de Lectura, Ascun-RCN, junio 7 y 8 de 2012








Taller y conferencia, Arauca, junio 1 y 2 de 2012

Conferencia "El oficio del escritor", Arauca, junio 01 de 2012

Conferencia "El oficio del escritor", Arauca, junio 01 de 2012

Taller "Las decisiones narrativas", Arauca, junio 02 de 2012

Taller "Las decisiones narrativas", Arauca, junio 02 de 2012

Taller "Las decisiones narrativas", Arauca, junio 02 de 2012

Con los amigos del Taller "Arauca lee, escribe y cuenta", Arauca, junio 01 de 2012

                 Con los amigos del Taller "Arauca lee, escribe y cuenta", Arauca, junio 01 de 2012

miércoles, 15 de febrero de 2012

Única Mención de Honor en los Premios de Periodismo Reynaldo Matiz, 2012




En ceremonia realizada el día 9 de febrero de 2012, mi columna titulada "Lo que dije en una encuesta de Napoleón Franco", fue distinguida con la "Única Mención de Honor" en la categoría Mejor Columna de Opinión. Premiaron, dice el jurado, el humor negro y la buena escritura. La columna se publicó originalmente en este blog y luego en la página www.tusemanario.com. Debo decir que me divertí mucho escribiéndola, que aunque sabía que ese humor negro no era otra cosa que la frustración  reiterada de ver a este Huila siempre con los sueños derrumbados, pensar de forma hilarante en los políticos infames que da la tierrita, saber que desde la pluma se puede vengar en algo su desfachatez, me hizo muy feliz.

sábado, 17 de diciembre de 2011

El tiovivo, de Betuel Bonilla Rojas

El tiovivo


Tirando del pantalón de su padre el niño rogaba para que lo llevaran hacia donde estaba el tiovivo. Había llegado la hora de los gritos y los golpes de todas las tardes, y los padres sentían algo de culpa por el gesto que se había dibujado en la cara de su hijo. Conocían ese parque y esa diversión como la palma de su mano, pues siempre se repetía el ritual de gritos, golpes, culpas y parque. Pero ese día el niño había sido muy, muy insistente. Entonces el padre lo echó sobre su espalda antes de la hora, lo dejó sobre el caballito y volvió ante su esposa para acabar de reprenderla. El niño, a horcajadas, picaba los ijares del caballito con mucha fuerza. “Arre, arre, caballo”, le decía con la boca en línea recta, “Arre, caballo, anda lo más rápido que puedas”, y al decirlo volvía los ojos hacia donde sus padres discutían. Entonces, ante la mirada asombrada de la concurrencia, menos la de los padres del niño, que seguían diciéndose cosas muy fuertes, en voz alta, el caballo tomó velocidad, más velocidad, lanzó un bufido y todos los que estaban alrededor del tiovivo vieron cómo se soltaba de la varilla, cómo corcoveaba, cómo relinchaba y saltaba la baranda de contención, luego la reja del parque de diversiones, a un solo ritmo con el corazón del niño, y se iba, se iba, a toda la velocidad que el niño le imprimía, y éste, de vez en cuando, volteaba la cara y veía a sus padres manotear, a lo lejos, cada vez más lejos, de espaldas a un tiovivo en el que ya no quedaba nadie.


miércoles, 19 de octubre de 2011

Taller en Sincelejo, Sucre, oct 14 y 15 de 2011





Taller en Pasto, Nariño, oct 7 y 8 de 2011



Taller en Samaniego, Nariño, oct 5 y 6 de 2011


Taller en Barrancabermeja, spt 30, oct 01 de 2011





Lo que dije en una encuesta de Napoleón Franco

Betuel, ¿usted por quién votaría?


Llamaron y se identificaron como de la firma encuestadora Napoleón Franco. Vaya uno a saber. Pudieran haber sido de una de las insulsas y despilfarradoras campañas, o del planeta Marte para saber qué opina un simple terrícola de lo mal que andan Neiva y el Huila, pues es bien sabido que en varios de nuestros opacos municipios han aterrizado ovnis. Primero me preguntaron que si pertenecía a algún partido. Creo que les dije que al partido entre Brasil e Italia en el mundial del 82, aquél que terminó 3-2. Luego, que si consideraba la gestión del alcalde Héctor Aníbal Ramírez como favorable o desfavorable. Dije que si había algo por debajo de desfavorable: pésimo, abominable, vomitable, execrable, pero esas opciones no existen en las rígidas y educadas encuestas. Luego, que dijera lo mismo sobre el Gobernador. Me gustó haberme enterado de que tuvimos gobernador en este periodo. La niña tuvo la amabilidad de darme el nombre. Me indagaron sobre por quién votaría a la Alcaldía. Dije que la cosa estaba tan pareja por lo mala que lo tiraría a la moneda. Igual, qué más da. Agregaron que por quién no votaría en ninguno de los casos. Dije que jamás, pero jamás, votaría por Pedro Hernán Suárez. Que eso sería como botar con b larga. Aunque no me pidieron explicaciones (ni más faltaba que fueran a alargar la cuenta del teléfono), agregué que jamás votaría por una campaña en la que hasta los mismos sufragantes están seguros de que su candidato es un pelafustán que va a gobernar de prestado. Pidieron, por último, que dijera quién ganaría para la alcaldía en estas elecciones de pacotilla. Dije que ninguno, que "al pueblo nunca le toca", como dice Álvaro Salom, que decir 'ganar' es casi una anomalía para este panorama tan desolador. Antes de colgar le dije que sí, que tenía la respuesta, que esperara. Le dije que ganarían los contratistas que han metido el billete en la campaña del que va a ganar, que eso siempre pasa. La muchacha era de Bogotá. Tenía el acento de las muchachas con poca cola por el maldito frío. Al final se rio. No creo que por mis extrañas respuestas. Creo, más bien, que fue porque se burlaba de nuestra malísima suerte.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Matar a un niño, de Stig Dagerman

Gracias a la sapiencia y la sensibilidad literaria del escritor argentino Pablo Ramos conocimos a Stig Dagerman, esa especie de niño prodigio de la literatura sueca al que le bastaron 31 años (1923-1954) para inmortaloizarse.

Stig Dagerman


Matar a un niño


Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.



Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.


Stig Dagerman y su esposa

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?




Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.

Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató…

Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para "hacer este solo minuto diferente".

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.




Ponencia en el Primer Encuentro Regional Relata Centro - "Poéticas del cuento: Continuidades y rupturas". Septiembre 15 de 2011