Da miedo salir a la calle en Neiva. Aquél me dice que le pegaron un disparo cerca de la plaza de mercado, en el barrio Arismendi, para que entregara los únicos veinte mil pesos que llevaba. Este otro iba con una buena suma para pagarle a sus empleados, cerca del hospital, fue víctima del fleteo, se resistió y recibió también su ración de disparos. A la niña de enfrente la arrojaron al piso para arrancarle su celular, que todavía no había acabado de pagar, frente a Los comuneros. Un amigo, contento con su computador portátil, fue encañonado frente a su casa, en Cándido, y debió despojarse de su juguetito para no perder la vida. Así, uno tras otro, los neivanos vivimos entre el miedo de salir a las calles y la obligación de tener que hacerlo para buscar el sustento, o la muerte. Mientras tanto, una bomba estalla allí, la otra un poco más allá, y la otra está lista a estallar. Y todo eso en medio de la prepotencia de la Seguridad Democrática, en medio de mucho dinero para la guerra y poco para la inversión social. Algo debe estar pasando en Neiva cuando hay tanto peligro, tanto indigente merodeando detrás de sus víctimas, tanto loco estallando bombas que no se sabe a quién van a lastimar. Casi hay más uniformados que civiles en Neiva, y el peligro nada que para.
Espacio de sueños y resistencia, de palabras y acciones que buscan construir una sociedad mejor.
martes, 17 de marzo de 2009
martes, 9 de diciembre de 2008
Prólogo a la Revista Letras calientes No 2. Taller "José Eustasio Rivera", RENATA, Neiva
Prólogo
Betuel Bonilla Rojas
Hace algo más de seis meses, emocionados por lo que era entonces nuestra primera publicación en el taller “José Eustasio Rivera”, Renata Neiva, la revista Letras calientes, quisimos coger el cielo con las manos y anunciamos, sin el menor sonrojo, que nuestra publicación tendría un carácter trimestral, algo así como cuatro números al año. Por supuesto, a eso me animaba el proceso creativo del grupo, ese entusiasmo colectivo que nos llevaba a desbordar los límites impuestos a lo humano y a lo provincial y que nos hacía prever, para fortuna nuestra, una labor creativa sin ninguna orilla. En este segundo número, ahora sí con sonrojo, pedimos disculpas por ese inaugural incumplimiento.
“No hay nada que me guste más que tomar un relato que he tenido en casa por un tiempo y volver a trabajarlo”, dijo en alguna ocasión Raymond Carver. Y esta frase de nuestro principal maestro de la sencillez, el extraordinario autor de Tres rosas amarillas, nos viene como anillo al dedo para justificar —qué cosa más inútil— nuestra pecaminosa impuntualidad. Pero es que en la medida en que el grupo ha ido creciendo (en número y en calidad), en la medida en que cada autor ha ido descubriendo su voz, los retos, los celos y las prevenciones también han experimentado su propio desarrollo. Ya no se trata de la precocidad tipo Rubén Darío o Rimbaud, o del prurito esnobista de ver la creación en letra de imprenta, como le pasó a Proust con Los placeres y los días. Se trata, creo yo, más bien de una especie de pudor, de respeto por el oficio, de consecuencia entre lo leído y lo escrito.
“Tres renglones tachados valen más que uno añadido”, escribió Augusto Monterroso. Y si quien asumió la brevedad como un oficio nos dictó cátedra de la depuración casi obsesiva del ripio, ¿quiénes éramos nosotros para desafiar las tantas líneas ya escritas? Entonces tachar, borrar y suprimir se convirtió en una práctica consuetudinaria del Taller. Valía más, quién lo creyera, aquel escritor que se jactaba no tanto de la copiosidad de lo publicado, sino de la cantidad de ideas que iban a parar al cesto de la basura, o al rincón harto sospechoso de la materia narrativa posiblemente abordable. Y en esas desconfianzas difícilmente pudimos recopilar el material para este segundo número.
Existe otra circunstancia, además, que vale la pena referir. Nosotros pertenecemos a una Red (RENATA), y esto, creo yo, nos confiere un cierto carácter de hermandad, de lazos comunes, de búsquedas que corren en una misma dirección, así sea por caminos distintos. Yo no concibo una Red, al menos con ese rótulo ostentoso, si no se tejen los hilos que vayan perfilando el tejido. Por supuesto, en toda red hay puntadas que unen, y orificios que separan. Por fortuna, se impone la primera idea, la de aquello imbricado; lo otro, la oquedad, pertenece a lo externo a la propia red, a la fuga, a la ausencia de compromiso, al sueño prepotente de acapararlo todo en soledad. Si los hilos atrapan, el vacío propicia la huida.
Y en ese propósito de la Red, entendida en su más romántica concepción, quisimos que esta revista fuera en primera instancia de Neiva, del Huila, pero con la idea de ir vinculando, número tras número, a los talleristas y los productos de otras regiones. También eso, lo entendimos luego, lleva tiempo, implica no sólo el pudor particular de nuestro grupo, sino el de los otros, de esas otras dinámicas y ritmos que se generan en la dispar geografía colombiana.
Así, tenemos en este segundo número, por fin, textos del taller “José Eustasio Rivera”, de Neiva, del de niños, de Quibdo, y del taller “Maniguaje”, de Florencia.
Con Eugenio, a las orillas del Atrato, bastó un solo contacto para poner de presente nuestra común simpatía hacia la idea del trabajo de base. Los niños del taller de Eugenio son perfectamente desobedientes, como queremos que sean los niños, y dicha desobediencia es lo que les permite vislumbrar salidas mediante la literatura a sus destinos aciagos. Basta verlos en sus sesiones para entender como la literatura es su fuente de vida, como ese pequeño espacio físico es tan amplio y sin límites como el universo mismo cuando de crear se trata.
Con Hermínsul ya veníamos conversando hacía rato y él, como excelente guía, aceptó la invitación pensando, creo yo, en que cualquier inclusión exterior es una oportunidad para sus alumnos. A ellos dos, desde los miembros de Renata Neiva, muchas gracias.
Como es filosofía de nuestro Taller, aparecen vinculados a este segundo número autores que no aparecieron en nuestra primera edición. Ellos: Carlos, Manuel y Néstor fueron, como los niños del taller de Eugenio, desobedientes: “Hay que aprender a desechar. Un buen escritor no se conoce tanto por lo que publica como por lo que echa al cesto de la basura”, nos restriega García Márquez. Creerse eso a pie juntillas, así lo diga el Nobel, es tan desaconsejable como lo otro. Si no se publica, cualquiera sea el medio, perteneceremos al terreno de los escritores por decreto, a esos muchachos que, como refería Mallarmé, tienen muchas ideas pero olvidan que la literatura no se hace sólo con ideas, sino con palabras. Por eso, por su irrespetuosa desobediencia, están aquí. Si les sobra algo, si les quedó algo por tachar o por enmendar, si fueron impiadosos con el mandato de los maestros, ustedes juzgarán.
Mientras tanto disfruten este segundo número de Letras calientes; disfruten los textos de los escritores propios y de los invitados; disfruten de las ilustraciones hechas en especial para nuestra revista por el pintor y escritor Miguel de León, nuestro principal aliado en la idea de seguir platicando semana tras semana sobre el sublime ejercicio de la creación espiritual. Más adelante, quizás en un próximo semestre, si algo nos queda después de tanto borrar, tendremos el número tres, con otros departamentos invitados, con la Red cada vez más grande, como queremos todos.
Nuestro agradecimiento especial a los miembros de la Directiva de Renata a nivel nacional: a Melba Escobar, a Nahum Montt, a Jenny Pineda, a María Paula Alzate. Son ellos quienes lanzan la Red y la dirigen hacia aguas seguras. También al doctor Douglas Alfonso Romero Sánchez, Secretario de Cultura y Turismo del Huila, porque sabemos que con su concurso, su diligencia y su iniciativa el camino de Renata Neiva en el 2008 fue una realidad y porque, hacia el 2009, sabemos que marcha por buena ruta. Igualmente, nuestro agradecimiento al escritor Guillermo González Otálora, un aliado a toda prueba de la gestión de Renata.
A todos los amigos que han querido siempre pertenecer a Renata, que han confiado en el proceso, pero que por razones de sus oficios cotidianos no han podido llegar aún, seguimos aguardando por ellos. Esperamos que lleguen nuevas voces, nuevos talentos, y que todas esas incursiones signifiquen mayores fortalezas para nuestro proceso.
Betuel Bonilla Rojas
Hace algo más de seis meses, emocionados por lo que era entonces nuestra primera publicación en el taller “José Eustasio Rivera”, Renata Neiva, la revista Letras calientes, quisimos coger el cielo con las manos y anunciamos, sin el menor sonrojo, que nuestra publicación tendría un carácter trimestral, algo así como cuatro números al año. Por supuesto, a eso me animaba el proceso creativo del grupo, ese entusiasmo colectivo que nos llevaba a desbordar los límites impuestos a lo humano y a lo provincial y que nos hacía prever, para fortuna nuestra, una labor creativa sin ninguna orilla. En este segundo número, ahora sí con sonrojo, pedimos disculpas por ese inaugural incumplimiento.
“No hay nada que me guste más que tomar un relato que he tenido en casa por un tiempo y volver a trabajarlo”, dijo en alguna ocasión Raymond Carver. Y esta frase de nuestro principal maestro de la sencillez, el extraordinario autor de Tres rosas amarillas, nos viene como anillo al dedo para justificar —qué cosa más inútil— nuestra pecaminosa impuntualidad. Pero es que en la medida en que el grupo ha ido creciendo (en número y en calidad), en la medida en que cada autor ha ido descubriendo su voz, los retos, los celos y las prevenciones también han experimentado su propio desarrollo. Ya no se trata de la precocidad tipo Rubén Darío o Rimbaud, o del prurito esnobista de ver la creación en letra de imprenta, como le pasó a Proust con Los placeres y los días. Se trata, creo yo, más bien de una especie de pudor, de respeto por el oficio, de consecuencia entre lo leído y lo escrito.
“Tres renglones tachados valen más que uno añadido”, escribió Augusto Monterroso. Y si quien asumió la brevedad como un oficio nos dictó cátedra de la depuración casi obsesiva del ripio, ¿quiénes éramos nosotros para desafiar las tantas líneas ya escritas? Entonces tachar, borrar y suprimir se convirtió en una práctica consuetudinaria del Taller. Valía más, quién lo creyera, aquel escritor que se jactaba no tanto de la copiosidad de lo publicado, sino de la cantidad de ideas que iban a parar al cesto de la basura, o al rincón harto sospechoso de la materia narrativa posiblemente abordable. Y en esas desconfianzas difícilmente pudimos recopilar el material para este segundo número.
Existe otra circunstancia, además, que vale la pena referir. Nosotros pertenecemos a una Red (RENATA), y esto, creo yo, nos confiere un cierto carácter de hermandad, de lazos comunes, de búsquedas que corren en una misma dirección, así sea por caminos distintos. Yo no concibo una Red, al menos con ese rótulo ostentoso, si no se tejen los hilos que vayan perfilando el tejido. Por supuesto, en toda red hay puntadas que unen, y orificios que separan. Por fortuna, se impone la primera idea, la de aquello imbricado; lo otro, la oquedad, pertenece a lo externo a la propia red, a la fuga, a la ausencia de compromiso, al sueño prepotente de acapararlo todo en soledad. Si los hilos atrapan, el vacío propicia la huida.
Y en ese propósito de la Red, entendida en su más romántica concepción, quisimos que esta revista fuera en primera instancia de Neiva, del Huila, pero con la idea de ir vinculando, número tras número, a los talleristas y los productos de otras regiones. También eso, lo entendimos luego, lleva tiempo, implica no sólo el pudor particular de nuestro grupo, sino el de los otros, de esas otras dinámicas y ritmos que se generan en la dispar geografía colombiana.
Así, tenemos en este segundo número, por fin, textos del taller “José Eustasio Rivera”, de Neiva, del de niños, de Quibdo, y del taller “Maniguaje”, de Florencia.
Con Eugenio, a las orillas del Atrato, bastó un solo contacto para poner de presente nuestra común simpatía hacia la idea del trabajo de base. Los niños del taller de Eugenio son perfectamente desobedientes, como queremos que sean los niños, y dicha desobediencia es lo que les permite vislumbrar salidas mediante la literatura a sus destinos aciagos. Basta verlos en sus sesiones para entender como la literatura es su fuente de vida, como ese pequeño espacio físico es tan amplio y sin límites como el universo mismo cuando de crear se trata.
Con Hermínsul ya veníamos conversando hacía rato y él, como excelente guía, aceptó la invitación pensando, creo yo, en que cualquier inclusión exterior es una oportunidad para sus alumnos. A ellos dos, desde los miembros de Renata Neiva, muchas gracias.
Como es filosofía de nuestro Taller, aparecen vinculados a este segundo número autores que no aparecieron en nuestra primera edición. Ellos: Carlos, Manuel y Néstor fueron, como los niños del taller de Eugenio, desobedientes: “Hay que aprender a desechar. Un buen escritor no se conoce tanto por lo que publica como por lo que echa al cesto de la basura”, nos restriega García Márquez. Creerse eso a pie juntillas, así lo diga el Nobel, es tan desaconsejable como lo otro. Si no se publica, cualquiera sea el medio, perteneceremos al terreno de los escritores por decreto, a esos muchachos que, como refería Mallarmé, tienen muchas ideas pero olvidan que la literatura no se hace sólo con ideas, sino con palabras. Por eso, por su irrespetuosa desobediencia, están aquí. Si les sobra algo, si les quedó algo por tachar o por enmendar, si fueron impiadosos con el mandato de los maestros, ustedes juzgarán.
Mientras tanto disfruten este segundo número de Letras calientes; disfruten los textos de los escritores propios y de los invitados; disfruten de las ilustraciones hechas en especial para nuestra revista por el pintor y escritor Miguel de León, nuestro principal aliado en la idea de seguir platicando semana tras semana sobre el sublime ejercicio de la creación espiritual. Más adelante, quizás en un próximo semestre, si algo nos queda después de tanto borrar, tendremos el número tres, con otros departamentos invitados, con la Red cada vez más grande, como queremos todos.
Nuestro agradecimiento especial a los miembros de la Directiva de Renata a nivel nacional: a Melba Escobar, a Nahum Montt, a Jenny Pineda, a María Paula Alzate. Son ellos quienes lanzan la Red y la dirigen hacia aguas seguras. También al doctor Douglas Alfonso Romero Sánchez, Secretario de Cultura y Turismo del Huila, porque sabemos que con su concurso, su diligencia y su iniciativa el camino de Renata Neiva en el 2008 fue una realidad y porque, hacia el 2009, sabemos que marcha por buena ruta. Igualmente, nuestro agradecimiento al escritor Guillermo González Otálora, un aliado a toda prueba de la gestión de Renata.
A todos los amigos que han querido siempre pertenecer a Renata, que han confiado en el proceso, pero que por razones de sus oficios cotidianos no han podido llegar aún, seguimos aguardando por ellos. Esperamos que lleguen nuevas voces, nuevos talentos, y que todas esas incursiones signifiquen mayores fortalezas para nuestro proceso.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Vuelven las columnas de opinión
Los embelecos de la democracia
Betuel Bonilla Rojas
Marco Tulio Cicerón, en su libro Del supremo bien y del supremo mal, expone, con seriedad y rigor histórico, por qué él considera que dentro de los sistemas de gobierno que ha tenido Roma hasta la fecha la democracia es el peor entre los tres (los otros dos son la monarquía y la aristocracia). Son tantas las razones, y tan convincentes, y tan apoyadas en evidencias concretas de la política romana, que como lectores no podemos menos que sentirnos persuadidos por sus tesis, así como habitantes del nuevo orden se nos restriegue hasta la saciedad las bondades de tal embeleco (la democracia), bajo razones harto desdeñables como la participación y la representación.
Por supuesto, también nosotros tenemos evidencias, argumentos, pero seguimos creyendo ingenuamente en sus bondades.
La semana pasada, por ejemplo, cuando el Concejo Municipal de Neiva citó a la señora Sandra Barrios, Directora Municipal de Cultura de Neiva, para que explicara por qué no se le habían pagado los honorarios a los artistas que desde junio habían trabajado para ella y para el Municipio (ese es el orden correcto), y otra serie de irregularidades de su administración, lo que vimos no fue un ritual de la democracia, un debate serio y juicioso, un control político que buscaba responsables para tomar medidas inmediatas, sino una farsa del tamaño de un rascacielos, con concejales lanzando chistes de pésimo gusto (salvo el que citó al debate) y con una funcionaria citada que, ante todas las evidencias de corrupción demostradas, exhibía su risa de hiena, acaso el reflejo de un cinismo a toda prueba, o de un nerviosismo camuflado bajo el disfraz de la sonrisa idiota.
Y digo que allí naufragó la democracia porque luego de tal andanada de pruebas lo correcto, lo políticamente correcto, si el sistema fuera justo y si el rey fuera justo, como quería Kant, sería que la señora en cuestión hubiera dejado el cargo inmediatamente para someterse a la investigación por malos manejos de dineros públicos, como se probó en el recinto. El pintor Adolfo Suaza demostró, con documentos contundentes, como el esposo de Sandra Barrios, el señor Néstor Maragua, no sólo manipuló lo de la contratación de las carrozas para los desfiles, sino que además favoreció a sus amigos de siempre, Juan Carlos Barrios y Jaime Cardoso y, no contento con esto, permitió que su familia recibiera dineros de dicha contratación, lo cual constituye un claro ejemplo de nepotismo.
Además, se demostró que algo sospechoso ocurrió en el tal encuentro de escritores Juego de nubes, evento que fue contratado con los muchachitos despelucados y adoctrinados de Imagen (que saben tanto de literatura como yo de obstetricia), que fue dirigido por el señor Hugo Mauricio Fernández, asesorado por la señora Ana Patricia Collazos (que para el tango parece ser que es muy buena) y donde, misteriosamente, quien resultó pagando, en efectivo y sin firmar recibo alguno fue la señora Sandra Barrios, la que menos tenía velas en el entierro. ¿Extraño, no?
Catorce o quince artistas más dieron evidencias de las arbitrariedades y faltas a la ley y a la ética de esta señora, y aún sigue en el puesto, con su sonrisa de hiena lista a saltar sobre la carroña. ¿Cuáles serán entonces las prioridades de un alcalde que, a sabiendas de los errores de miembros de su gabinete, insiste en mantenerlos para no asumir a tiempo que se equivocó? ¿Acaso en campaña no prometen que lucharán por el pueblo, que defenderán los intereses de los pobres, pero apenas tienen las herramientas para hacerlo se olvidan de su juramento democrático?
Creo que con menos argumentos, en otro sistema, una funcionaria en tal situación merecería no sólo el despido, sino las responsabilidades penales por sus abusos y sus arbitrariedades, al menos hasta que la ley demuestre lo contrario.
Betuel Bonilla Rojas
Marco Tulio Cicerón, en su libro Del supremo bien y del supremo mal, expone, con seriedad y rigor histórico, por qué él considera que dentro de los sistemas de gobierno que ha tenido Roma hasta la fecha la democracia es el peor entre los tres (los otros dos son la monarquía y la aristocracia). Son tantas las razones, y tan convincentes, y tan apoyadas en evidencias concretas de la política romana, que como lectores no podemos menos que sentirnos persuadidos por sus tesis, así como habitantes del nuevo orden se nos restriegue hasta la saciedad las bondades de tal embeleco (la democracia), bajo razones harto desdeñables como la participación y la representación.
Por supuesto, también nosotros tenemos evidencias, argumentos, pero seguimos creyendo ingenuamente en sus bondades.
La semana pasada, por ejemplo, cuando el Concejo Municipal de Neiva citó a la señora Sandra Barrios, Directora Municipal de Cultura de Neiva, para que explicara por qué no se le habían pagado los honorarios a los artistas que desde junio habían trabajado para ella y para el Municipio (ese es el orden correcto), y otra serie de irregularidades de su administración, lo que vimos no fue un ritual de la democracia, un debate serio y juicioso, un control político que buscaba responsables para tomar medidas inmediatas, sino una farsa del tamaño de un rascacielos, con concejales lanzando chistes de pésimo gusto (salvo el que citó al debate) y con una funcionaria citada que, ante todas las evidencias de corrupción demostradas, exhibía su risa de hiena, acaso el reflejo de un cinismo a toda prueba, o de un nerviosismo camuflado bajo el disfraz de la sonrisa idiota.
Y digo que allí naufragó la democracia porque luego de tal andanada de pruebas lo correcto, lo políticamente correcto, si el sistema fuera justo y si el rey fuera justo, como quería Kant, sería que la señora en cuestión hubiera dejado el cargo inmediatamente para someterse a la investigación por malos manejos de dineros públicos, como se probó en el recinto. El pintor Adolfo Suaza demostró, con documentos contundentes, como el esposo de Sandra Barrios, el señor Néstor Maragua, no sólo manipuló lo de la contratación de las carrozas para los desfiles, sino que además favoreció a sus amigos de siempre, Juan Carlos Barrios y Jaime Cardoso y, no contento con esto, permitió que su familia recibiera dineros de dicha contratación, lo cual constituye un claro ejemplo de nepotismo.
Además, se demostró que algo sospechoso ocurrió en el tal encuentro de escritores Juego de nubes, evento que fue contratado con los muchachitos despelucados y adoctrinados de Imagen (que saben tanto de literatura como yo de obstetricia), que fue dirigido por el señor Hugo Mauricio Fernández, asesorado por la señora Ana Patricia Collazos (que para el tango parece ser que es muy buena) y donde, misteriosamente, quien resultó pagando, en efectivo y sin firmar recibo alguno fue la señora Sandra Barrios, la que menos tenía velas en el entierro. ¿Extraño, no?
Catorce o quince artistas más dieron evidencias de las arbitrariedades y faltas a la ley y a la ética de esta señora, y aún sigue en el puesto, con su sonrisa de hiena lista a saltar sobre la carroña. ¿Cuáles serán entonces las prioridades de un alcalde que, a sabiendas de los errores de miembros de su gabinete, insiste en mantenerlos para no asumir a tiempo que se equivocó? ¿Acaso en campaña no prometen que lucharán por el pueblo, que defenderán los intereses de los pobres, pero apenas tienen las herramientas para hacerlo se olvidan de su juramento democrático?
Creo que con menos argumentos, en otro sistema, una funcionaria en tal situación merecería no sólo el despido, sino las responsabilidades penales por sus abusos y sus arbitrariedades, al menos hasta que la ley demuestre lo contrario.
domingo, 23 de noviembre de 2008
Queda prohibido recordar
Betuel Bonilla Rojas
Minicuento ganador en la XVII versión del Concurso Departamental de Minicuento "Rodrigo Díaz Castañeda, Palermo, Huila, noviembre de 2008
—El rey proclama que queda terminantemente prohibido recordar, que la historia del reino comienza hoy.
Al día siguiente todos empezaron a llamarse de otra manera porque olvidaron de repente los verdaderos nombres. Algunos se proclamaron marqueses o duques porque habían confundido sus orígenes. Se volvió usual ver a personas harapientas entrando a lujosos palacios con el pretexto de que no se acordaban bajo qué puente dormían. Era inútil intentar sacarlos porque todos se acogían al mandato del rey. Y éste, ante las quejas, se encogía de hombros. Luego, a todas las mujeres se les ocurrió la idea de tomar a otros hijos como propios. Decían no recordar cuáles eran los suyos y así, a la mulata de manos callosas, era frecuente verla con un niño de rizos rubios y ojos azules a sus espaldas. Madres adoloridas estiraban en vano los brazos y caían entre sollozos en las calles para morir pisoteadas por los caballos en desbandada que ahora eran galopados por sus nuevos amos. Más grave aun era ver a hombres de ojos desorbitados corriendo detrás de doncellas de cabellos perfumados con el pretexto de haber creído que eran de tiempo atrás sus amadas. Y el rey, a todo esto, se encogía de hombros. Le gustaba contemplar desde el balcón su obra, ese reino que desde su ascenso al trono era otro.
Una mañana, repentinamente, todos olvidaron quién era el rey, treparon por las enredaderas de los balcones, lo despojaron de sus prendas reales y lo lanzaron al vacío para verlo morir de bruces sobre la calle.
Ese mismo día, todos empezaron a recordar.
—El rey proclama que queda terminantemente prohibido recordar, que la historia del reino comienza hoy.
Al día siguiente todos empezaron a llamarse de otra manera porque olvidaron de repente los verdaderos nombres. Algunos se proclamaron marqueses o duques porque habían confundido sus orígenes. Se volvió usual ver a personas harapientas entrando a lujosos palacios con el pretexto de que no se acordaban bajo qué puente dormían. Era inútil intentar sacarlos porque todos se acogían al mandato del rey. Y éste, ante las quejas, se encogía de hombros. Luego, a todas las mujeres se les ocurrió la idea de tomar a otros hijos como propios. Decían no recordar cuáles eran los suyos y así, a la mulata de manos callosas, era frecuente verla con un niño de rizos rubios y ojos azules a sus espaldas. Madres adoloridas estiraban en vano los brazos y caían entre sollozos en las calles para morir pisoteadas por los caballos en desbandada que ahora eran galopados por sus nuevos amos. Más grave aun era ver a hombres de ojos desorbitados corriendo detrás de doncellas de cabellos perfumados con el pretexto de haber creído que eran de tiempo atrás sus amadas. Y el rey, a todo esto, se encogía de hombros. Le gustaba contemplar desde el balcón su obra, ese reino que desde su ascenso al trono era otro.
Una mañana, repentinamente, todos olvidaron quién era el rey, treparon por las enredaderas de los balcones, lo despojaron de sus prendas reales y lo lanzaron al vacío para verlo morir de bruces sobre la calle.
Ese mismo día, todos empezaron a recordar.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Siluetas
Betuel Bonilla Rojas
Esta mañana no se sintió lo que se dice bien. Por eso tomó el pincel sin emoción y trazó líneas sin querer llegar a ninguna parte. Pronto el pincel fue dándole vida a una sombra felina, ni muy pequeña para semejar un gato ni muy grande para llegar a convertirse en una fiera. Pero su desánimo aún no concluía y sintió que podía ubicar otras cosas junto a la silueta, para pasar el rato. Así, de la nada apareció algo como otro animal, más pequeño. También éste fue una simple sombra. Pero pronto, ante su estupor, la sombra grande volteó lo que parecía el hocico y se tragó la sombra pequeña. Como creyó que era insólito lo que ocurría en el lienzo dibujó otra sombra, de un animal distinto, al lado opuesto de donde pusiera el primero. Sin mucho esfuerzo la silueta grande giró hacia el otro lado y engulló aquello que simulaba el contorno de una ardilla. Esta vez no se distrajo y no perdió detalle de la faena. Hasta podría asegurar que oyó el chasquido, el sonido de los huesos que crujían. Delineó después un conejo que corrió igual suerte. Luego fue una serpiente la que sucumbió ante la voracidad del animal. Así, una tras otra, la fiera dio cuenta de cientos de siluetas, todas de una dentellada. Pero aún seguía sin que aquella pequeña distracción lograra entusiasmarlo.
Acaba de trazar una silueta igual a la primera, con los mismos contornos, con el mismo aspecto difuso de un animal doméstico que tiene fauces de fiera. Ahora está recostado en la cama y se divierte con la lucha que tiene lugar en el cuadro, con los gruñidos que brotan del lienzo, con la sangre que empieza a borrar los contornos. Ya está pensando en que la silueta de un hombre puede llegar a ser más divertida, que la lucha podría durar un poco más.
Esta mañana no se sintió lo que se dice bien. Por eso tomó el pincel sin emoción y trazó líneas sin querer llegar a ninguna parte. Pronto el pincel fue dándole vida a una sombra felina, ni muy pequeña para semejar un gato ni muy grande para llegar a convertirse en una fiera. Pero su desánimo aún no concluía y sintió que podía ubicar otras cosas junto a la silueta, para pasar el rato. Así, de la nada apareció algo como otro animal, más pequeño. También éste fue una simple sombra. Pero pronto, ante su estupor, la sombra grande volteó lo que parecía el hocico y se tragó la sombra pequeña. Como creyó que era insólito lo que ocurría en el lienzo dibujó otra sombra, de un animal distinto, al lado opuesto de donde pusiera el primero. Sin mucho esfuerzo la silueta grande giró hacia el otro lado y engulló aquello que simulaba el contorno de una ardilla. Esta vez no se distrajo y no perdió detalle de la faena. Hasta podría asegurar que oyó el chasquido, el sonido de los huesos que crujían. Delineó después un conejo que corrió igual suerte. Luego fue una serpiente la que sucumbió ante la voracidad del animal. Así, una tras otra, la fiera dio cuenta de cientos de siluetas, todas de una dentellada. Pero aún seguía sin que aquella pequeña distracción lograra entusiasmarlo.
Acaba de trazar una silueta igual a la primera, con los mismos contornos, con el mismo aspecto difuso de un animal doméstico que tiene fauces de fiera. Ahora está recostado en la cama y se divierte con la lucha que tiene lugar en el cuadro, con los gruñidos que brotan del lienzo, con la sangre que empieza a borrar los contornos. Ya está pensando en que la silueta de un hombre puede llegar a ser más divertida, que la lucha podría durar un poco más.
Betuel Bonilla Rojas y Ana María Shua
martes, 14 de octubre de 2008
martes, 7 de octubre de 2008
Opinión pública y poder
Betuel Bonilla Rojas
Siempre he creído que la opinión pública es lo más necesario en los medios de comunicación, que sin ésta quedamos con el panorama frío y desabrido de las noticias, ésas en las que todos los medios coinciden. Lo diferente siempre son las columnas de opinión. La gente las lee, o las escucha, con la esperanza de que la voz de los columnistas coincida con la suya, que ellos digan lo que al resto le está negado decir. Por eso una columna debe ser, ante todo, un ejercicio de responsabilidad y de libertad, nunca de complicidad con los gobernantes. Porque resulta más o menos cómodo andar alabando a un alcalde, o al menos eso esperan ellos que uno haga, que los alabe y luego pase por el respectivo contrato. Por el contrario, si uno oye a la gente, y dice, por ejemplo, que un alcalde no ha hecho nada de lo que tanto prometió, entonces ese alcalde les ordena a sus funcionarios que anulen al sujeto que habla mal de la alcaldía. Ni siquiera tienen el cuidado de usar los términos precisos, de utilizar algo así como “mi administración”, sino que entienden lo suyo como el cargo en sí mismo, como si despacho y funcionario fueran uno solo. Y entonces los columnistas somos sus enemigos porque denunciamos lo mal que ellos actúan, lo inescrupulosos que son. Yo prefiero que sigan odiando a los columnistas, pero que los sigan oyendo para que sepan que no todos nos amedrentamos ante el poder, que no todos deliramos por sus contratos.
Siempre he creído que la opinión pública es lo más necesario en los medios de comunicación, que sin ésta quedamos con el panorama frío y desabrido de las noticias, ésas en las que todos los medios coinciden. Lo diferente siempre son las columnas de opinión. La gente las lee, o las escucha, con la esperanza de que la voz de los columnistas coincida con la suya, que ellos digan lo que al resto le está negado decir. Por eso una columna debe ser, ante todo, un ejercicio de responsabilidad y de libertad, nunca de complicidad con los gobernantes. Porque resulta más o menos cómodo andar alabando a un alcalde, o al menos eso esperan ellos que uno haga, que los alabe y luego pase por el respectivo contrato. Por el contrario, si uno oye a la gente, y dice, por ejemplo, que un alcalde no ha hecho nada de lo que tanto prometió, entonces ese alcalde les ordena a sus funcionarios que anulen al sujeto que habla mal de la alcaldía. Ni siquiera tienen el cuidado de usar los términos precisos, de utilizar algo así como “mi administración”, sino que entienden lo suyo como el cargo en sí mismo, como si despacho y funcionario fueran uno solo. Y entonces los columnistas somos sus enemigos porque denunciamos lo mal que ellos actúan, lo inescrupulosos que son. Yo prefiero que sigan odiando a los columnistas, pero que los sigan oyendo para que sepan que no todos nos amedrentamos ante el poder, que no todos deliramos por sus contratos.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Lágrimas de cocodrilo
Betuel Bonilla Rojas
Son bien simpáticos nuestros gobernantes, o adolecen de falta de memoria, o definitivamente les importa muy poco lo que la gente piense de ellos. De otra manera no podríamos entender lo que le ocurre a Héctor Aníbal. Durante todo el primer semestre de 2008, y parte del segundo, se dedicó a llorar, cruzado de brazos, porque Cielo lo dejó endeudado. Lloró como el niño chiquito al que le han robado su paleta. Lloró tanto que hasta logró convencernos de que lo suyo no era incapacidad, sino tan sólo el perfil inescrupuloso de quien lo sucedió en el poder. Pidió tiempo y dijo que en el primer año no haría prácticamente nada, justificó de esta manera su incompetencia. O sea que ahora los gobernantes cuentan con algo así como un año muerto, como si las necesidades de la gente tuvieran espera. Pero tan pronto se le pasó el pudor y se le secaron las lágrimas decidió hacer lo mismo, olvidó lo mal que se comportó Cielo y ahora proyecta también dejar endeudados a sus sucesores, no sólo al inmediato, sino a muchos más. Piensa comprometer vigencias futuras extraordinarias, por 266 mil millones de pesos, a diez años, y ordinarias, por cuatro años, por 40 mil millones de pesos. Prefirió de una vez aprender lo malo de los otros y vivir el presente. Y yo no creo que la idea le saliera de repente. Creo que lo planeó muy bien, y que el llanto inicial era parte del negocio. El que llora de primero, llora mejor.
Son bien simpáticos nuestros gobernantes, o adolecen de falta de memoria, o definitivamente les importa muy poco lo que la gente piense de ellos. De otra manera no podríamos entender lo que le ocurre a Héctor Aníbal. Durante todo el primer semestre de 2008, y parte del segundo, se dedicó a llorar, cruzado de brazos, porque Cielo lo dejó endeudado. Lloró como el niño chiquito al que le han robado su paleta. Lloró tanto que hasta logró convencernos de que lo suyo no era incapacidad, sino tan sólo el perfil inescrupuloso de quien lo sucedió en el poder. Pidió tiempo y dijo que en el primer año no haría prácticamente nada, justificó de esta manera su incompetencia. O sea que ahora los gobernantes cuentan con algo así como un año muerto, como si las necesidades de la gente tuvieran espera. Pero tan pronto se le pasó el pudor y se le secaron las lágrimas decidió hacer lo mismo, olvidó lo mal que se comportó Cielo y ahora proyecta también dejar endeudados a sus sucesores, no sólo al inmediato, sino a muchos más. Piensa comprometer vigencias futuras extraordinarias, por 266 mil millones de pesos, a diez años, y ordinarias, por cuatro años, por 40 mil millones de pesos. Prefirió de una vez aprender lo malo de los otros y vivir el presente. Y yo no creo que la idea le saliera de repente. Creo que lo planeó muy bien, y que el llanto inicial era parte del negocio. El que llora de primero, llora mejor.
martes, 9 de septiembre de 2008
La ingobernabilidad de la Usco
Betuel Bonilla Rojas
Ayer vi a los antimotines en las proximidades de la Universidad Surcolombiana y pensé en cuál podría ser el motivo para esta nueva refriega que se acercaba. Antes de la Ley 30 había motivos para protestar, y muchos, y eso era válido. La ley 30 le permitió a las universidades autogobernarse, y las protestas siguen, y seguirán, y eso también es válido. Los estatutos que se elaboraron luego de la anhelada Ley no fueron lo que se esperaban, parece ser que dejaron mucho poder a quienes finalmente no merecían tenerlo. Pero, para bien o para mal, la discusión se dio en su momento, y el mal estatuto de hoy se hizo en esa oportunidad con el concurso de todos los estamentos, y todos lo aprobaron, o al menos callaron, que es otra forma de la aprobación. Es decir que la Universidad y su rapiña, y su ingobernabilidad, no son el resultado de políticas trazadas por mentes ajenas, hoy, sino que surgió de allí mismo, de sus brillantes mentes y sus sanísimas intenciones. Cuando Cerquera apareció en la escena de la Universidad se vieron los cambios, se empezaron a notar modificaciones, algunos anacrónicos dirán que no de fondo, pero había empezado y se notaba por fin la mano de un rector. Tampoco Cerquera sirvió por un error de procedimiento y todo volvió a ser anarquía y desorden. Ahora el Consejo Superior sigue empeñado en que la forma electoral no varíe, y habrá presiones, y muchos muchachos protestarán por el simple placer de ver correr la adrenalina, y otros aprovecharán para fingirse perseguidos e irse del país, y nada cambiará.
Ayer vi a los antimotines en las proximidades de la Universidad Surcolombiana y pensé en cuál podría ser el motivo para esta nueva refriega que se acercaba. Antes de la Ley 30 había motivos para protestar, y muchos, y eso era válido. La ley 30 le permitió a las universidades autogobernarse, y las protestas siguen, y seguirán, y eso también es válido. Los estatutos que se elaboraron luego de la anhelada Ley no fueron lo que se esperaban, parece ser que dejaron mucho poder a quienes finalmente no merecían tenerlo. Pero, para bien o para mal, la discusión se dio en su momento, y el mal estatuto de hoy se hizo en esa oportunidad con el concurso de todos los estamentos, y todos lo aprobaron, o al menos callaron, que es otra forma de la aprobación. Es decir que la Universidad y su rapiña, y su ingobernabilidad, no son el resultado de políticas trazadas por mentes ajenas, hoy, sino que surgió de allí mismo, de sus brillantes mentes y sus sanísimas intenciones. Cuando Cerquera apareció en la escena de la Universidad se vieron los cambios, se empezaron a notar modificaciones, algunos anacrónicos dirán que no de fondo, pero había empezado y se notaba por fin la mano de un rector. Tampoco Cerquera sirvió por un error de procedimiento y todo volvió a ser anarquía y desorden. Ahora el Consejo Superior sigue empeñado en que la forma electoral no varíe, y habrá presiones, y muchos muchachos protestarán por el simple placer de ver correr la adrenalina, y otros aprovecharán para fingirse perseguidos e irse del país, y nada cambiará.
martes, 2 de septiembre de 2008
El robo de la semana cultural
Betuel Bonilla Rojas
Una costumbre muy huilense es la de esperar que otros hagan cosas que a nosotros nunca se nos habrían ocurrido para luego hacer lo mismo, incluso al costo de arrebatarle al otro eso que él tuvo a bien inaugurar. Y justamente es lo que ocurre por estos días en la Universidad Surcolombiana. Por todos es conocido que un muchacho llamado Danny Montaña algún día tuvo la feliz ocurrencia de realizar allí una semana cultural. Fue su idea y él, junto a otros jóvenes, la sacó adelante. Era la semana cultural de Danny, pues fue él quien la lideró, la moldeó y la institucionalizó a costa de trabajo, tesón y creatividad. Pero como allí se suele pescar en río revuelto, y estamos en la época de callar a los opositores comprándolos con algo, ahora resulta que la semana cultural cambió de dueño. Como siempre, los magos de las influencias se valieron de sus fichas para usurpar lo que no les pertenecía. De la nada apareció el profesor Luis Ernesto Lasso, ése que habla mal de alguien hasta que éste le dé lo que él quiere, y reclamó una cosa que no era de él, y que nunca apoyó. Siempre habló mal de la semana cultural e hizo lo imposible para que los estudiantes no la apoyaran. Claro, ahora que la va a hacer él seguramente la asistencia debe ser obligatoria. Si algo en la semana cultural de Danny estaba fallando era susceptible de ser corregido, pero él era siempre la primera opción, por respeto intelectual a lo que alguien fundó. Muy seguramente ahora tendremos a farsantes tipo Carlos Orlando Pardo posando de intelectuales, y a Lasso haciendo de la semana cultural su propio espectáculo para poder seguir vigente. En todo caso eso no lo hizo él, y casi siempre las cosas prestadas nos quedan grandes.
Una costumbre muy huilense es la de esperar que otros hagan cosas que a nosotros nunca se nos habrían ocurrido para luego hacer lo mismo, incluso al costo de arrebatarle al otro eso que él tuvo a bien inaugurar. Y justamente es lo que ocurre por estos días en la Universidad Surcolombiana. Por todos es conocido que un muchacho llamado Danny Montaña algún día tuvo la feliz ocurrencia de realizar allí una semana cultural. Fue su idea y él, junto a otros jóvenes, la sacó adelante. Era la semana cultural de Danny, pues fue él quien la lideró, la moldeó y la institucionalizó a costa de trabajo, tesón y creatividad. Pero como allí se suele pescar en río revuelto, y estamos en la época de callar a los opositores comprándolos con algo, ahora resulta que la semana cultural cambió de dueño. Como siempre, los magos de las influencias se valieron de sus fichas para usurpar lo que no les pertenecía. De la nada apareció el profesor Luis Ernesto Lasso, ése que habla mal de alguien hasta que éste le dé lo que él quiere, y reclamó una cosa que no era de él, y que nunca apoyó. Siempre habló mal de la semana cultural e hizo lo imposible para que los estudiantes no la apoyaran. Claro, ahora que la va a hacer él seguramente la asistencia debe ser obligatoria. Si algo en la semana cultural de Danny estaba fallando era susceptible de ser corregido, pero él era siempre la primera opción, por respeto intelectual a lo que alguien fundó. Muy seguramente ahora tendremos a farsantes tipo Carlos Orlando Pardo posando de intelectuales, y a Lasso haciendo de la semana cultural su propio espectáculo para poder seguir vigente. En todo caso eso no lo hizo él, y casi siempre las cosas prestadas nos quedan grandes.
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